El mundo de la fábula ha sido siempre muy atractivo para los niños. A través de FábulasAnimadas.com intentamos fomentar el hábito de la lectura.

La lectura es la llave prodigiosa de la información, de la cultura, del mundo de la ficción, de la fantasía. Estos relatos inventados, generalmente con personificación de animales, son excelentes consejeros ya que siempre dejan tras ellos alguna enseñanza.

Lee alguna de las fábulas que te presentamos, y luego, con tus amigos, con tus hermanos, padres, compañeros o con tu profesor, analiza el contenido y su enseñanza.

No hay excusa para no leer en casa.

La fábula es un viejo género literario con una larga historia a sus espaldas. Generaciones de escolares han escuchado y leí­do estas breves historias de animales con moraleja. Todos sa­bemos en qué acabaron las burlas de la cigarra a la laboriosa hormiga o lo que pasó en la carrera entre la liebre y la tortuga, y de igual manera conocemos la historia de las moscas y la miel o del ratón de campo y el ratón de ciudad. Las hemos oído en casa o en clase, de boca de nues­tros padres antes de ir a dormir o de nuestros maestros en el aula. Y como un apellido inseparable de ellas siempre oímos llamarlas de Esopo, como si no hubiera otras fábulas que las suyas, o fuera él su inventor.

Aunque no lo fuera de nacimiento, podemos decir que con la figura de Esopo la fábula se hizo plenamente griega. Desde muy pronto, sus pequeñas historias despertaron el interés de los escritores. Ya en el siglo III antes de Cristo, el griego Demetrio de Falero recogió las fábulas atribuidas a Esopo en una colección. Después hubo muchas más. Se versificaron muy pronto, pero más tarde se vol­vieron a poner en prosa. Se tradujeron al latín y seguramente tam­bién a un buen número de lenguas del Mediterráneo oriental. Del latín pasaron a las lenguas romances y a la mayoría de las len­guas del resto de Europa. Nombres como Fedro, Babrio, Sintipas o La Fontaine son los eslabones de esa tradición.

En la literatura española conta­mos con conocidos seguidores de esta tradición fabulística que hicieron su propia colección. Es el caso de los poetas Tomás de Iriarte, o Félix María de Samaniego, quien versiona de esta ma­nera el comienzo de La cigarra y la hormiga:

Cantando la cigarra
pasó el verano entero sin hacer provisiones
allá para el invierno;
los fríos la obligaron
a guardar el silencio
y a acogerse al abrigo
de su estrecho aposento.